La luz, tenue, dejaba apreciar su rostro, atestado de belleza sublime, de inmaculado esplendor.
Tomó mi manó y susurró. Su aliento, cálido, acarició mi rostro. Logré respirar sus palabras. Mis pulmones se vieron inundados de felicidad.
-Debes comprender. No puedo controlar mis sentimientos. En verdad, no estoy enamorada de ti. Contra eso, no hay nada que pueda hacer.- Confesó. Una lágrima recorrió su mejilla.
Mi corazón latió con violencia. Mis manos temblaron.
¿Es que acaso, se puede atentar contra el amor?. Sentimiento propio de la esencia humana, pensé. Pero, ¿En verdad existe?
-Sí puedes. -Aseguré.- Tan solo, regálame tu sonrisa
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