Como las escaleras me daban miedo, rara vez la visitaba; por el contrario, ella solía venir a mi frecuentemente. Le agradaba decirme que era su amparo, su refugio; yo me burlaba, y le hacia muecas, ella se rendía y reía, y súbitamente aparecíamos inclinados, minúscula, insignificantemente el uno sobre el otro, horas, y minutos y segundos y dormíamos hasta que ella cansada del reposo, parada sobre la cama, provocativa, soberbia, me insinuaba su entusiasmo por esparcirse; porque era así y hay que reconocerlo, en su esencia. Deví era una niña a la que le gustaba jugar, infanta de inconcebible júbilo; incontenible. Mientras me erguía sobre la cama, ella corría atolondradamente a esconderse, y respetable era la destreza con la que solía ocultarse de mí. Sinceramente, dudo que continúe manteniendo aquella habilidad, evidentemente al crecer se pierden facultades extraordinarias de la juventud, al tiempo que se ganan otras, cierto es, pero no existe tal punto de comparación. Deseada inocencia.
Pasábamos tardes jugando, lógicamente, escondernos no era el único método de diversión; existían ocasiones en las que solo nos mirábamos exageradamente hasta derivar en estallidos de estruendosas carcajadas, muestra de la singular concordancia que nos vivía. No obstante, me torturaba aquellos días en los que, la muy cortesana, permanecía en la parte alta, subiendo las escaleras, oculta; insuficiencias intimas me apartaban de visitarla y a pesar de su incertidumbre, se inclinaba por ignorar los motivos que nos separaban, y eso estaba bien, por lo menos para ella. Sin embargo reparo: su última ausencia se había prolongado en exceso, y la pesadumbre ya se denotaba en mis expresiones; me manifestaba latoso. Y ella no aparecía. Lo acepté, estaba llorando, el frío desaparecía, no deploraba mis extremidades; me desvanecía. Privado de ella, no respiraría mucho tiempo más y eso me angustiaba. Entre tanto me advierto y finalmente concluyo: fui desafortunado, nací hombre, y ella, eterna.
Pasábamos tardes jugando, lógicamente, escondernos no era el único método de diversión; existían ocasiones en las que solo nos mirábamos exageradamente hasta derivar en estallidos de estruendosas carcajadas, muestra de la singular concordancia que nos vivía. No obstante, me torturaba aquellos días en los que, la muy cortesana, permanecía en la parte alta, subiendo las escaleras, oculta; insuficiencias intimas me apartaban de visitarla y a pesar de su incertidumbre, se inclinaba por ignorar los motivos que nos separaban, y eso estaba bien, por lo menos para ella. Sin embargo reparo: su última ausencia se había prolongado en exceso, y la pesadumbre ya se denotaba en mis expresiones; me manifestaba latoso. Y ella no aparecía. Lo acepté, estaba llorando, el frío desaparecía, no deploraba mis extremidades; me desvanecía. Privado de ella, no respiraría mucho tiempo más y eso me angustiaba. Entre tanto me advierto y finalmente concluyo: fui desafortunado, nací hombre, y ella, eterna.
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