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martes, 18 de mayo de 2010

Sargento Terán. - Giuliano Martuccio.

El comandante dio la orden, y fue explícito: “Tírele por debajo del cuello, se supone que murió en batalla”. Su mano derecha dio unas palmaditas a su pecho, indicando el lugar apropiado
-Si, capitán- Aseveré con firmeza.
Mi cuerpo se tambaleó. Aún así, le pedí la carabina automática al teniente Pérez, y este me recordó que no le dispare en la cara. Entré a la pequeña escuela que hacía de prisión.
La oscuridad dilató mis pupilas. Con el arma en mano, me dirigí hacía el prisionero. Cuando mis ojos se acostumbraron a la severa oscuridad, pude observarlo detenidamente: Allí se hallaba el guerrillero, en una esquina del pequeño salón, sucio y desprolijo. Su barba, abundante, se distribuía por todo su mentón y lograba acariciar su ajada camisa militar. Su cabello era largo, descuidado y grasiento. Apenas podía vislumbrar la totalidad de su cuerpo.
Notó mi presencia, pero no se inmutó. Tan solo cubrió sus ojos de la luz del sol cuando abrí la puerta.
Con serenidad envidiable, primero vio mi fusil, luego me observó detenidamente a los ojos. Sentí la adrenalina correr por mi sangre, y temblequeé sobre mi eje.
Su mirada me atemorizó, me sentí indefenso. Mi pulso se aceleró exageradamente.
-Usted ha venido a matarme-Ratificó, sereno. En su voz no existía resentimiento u odio alguno. Solo lástima, lastima por mí y todos los soldados que aguardaban afuera.
No respondí. Di un paso atrás y agaché la cabeza. No me encontraba en mis cabales.
Aturdido, levanté la vista. La boca del convicto se movía lentamente, pero no lograba escucharlo. Mis ojos se obnubilaron. Quería irme cuanto antes de allí.
El hombre se acomodó en el suelo y tuve la leve sensación de que se abalanzaría y me arrebataría el arma. Pero no. Sabía lo que le deparaba y lo esperaba calmo.
Con una leve sonrisa, me anunció:
-Póngase sereno y apunte bien: Va a matar a un hombre.
Lentamente alcé mi fusil. Apunté a su pecho y cerré los ojos. Lo último que advertí en su rostro fueron sus ojos centelleantes que contemplaron el cielo, escondido detrás del tejado.
Apreté el gatillo y el arma se disparó. Lo solté y volví a oprimir.
Sin observar al cuerpo tendido en el suelo, desangrando, di media vuelta y abrí la puerta. Ya estaba muerto.
Los soldados, expectantes, entraron al pequeño edificio. Algunos, sonrientes, palmearon mi hombro.
Tiré el arma al suelo, me senté sobre la tierra y observé el firmamento soleado, que se perdía sobre el río Higuera.

Siempre estuve seguro: Aquel guerrillero no murió ese mediodía soleado en Bolivia. En verdad nunca murió.

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