Decido abrir los ojos, al menos un instante.
Y observo, con decepción vaticinada, restregado en angustia, lo que esconde el pérfido exterior: El padecimiento de un firmamento gris, tóxico, que solo llueve penas.
Íntegramente la pesadumbre, tan inmediata al dolor, colma mis pulmones de un horror nocivo, un desencanto que hiela mi pellejo; y pienso: ¿Acaso de este modo se sentirá un niño al que le arrebatan sus ensueños?
Cierro los ojos, volteo con agobiante amargura, y blasfemo. Y me retuerzo en la oscuridad.
Me Prometo: no volveré a observar.
Y flameando entre la negrura misma que propician mis globos oculares, me maravillo, como un niño, entre utopías y espléndidas fantasías, que tan seductoras, logran conquistar mi cordura.
Y entre sombras, y con ojos inundados, me reprocho: “¿Qué hemos hecho?”
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