Las cosas como cosas, y ya. El objeto, no es objeto. La pared, a modo de cielo (verde). Dispongo de tiempo. El blanco lo revela, invade mis pupilas -dilatadas de lujuria-, irrumpe mis ojos de sombra; adentrándose en mis órganos podridos por el tiempo eterno. Pero, ahora -¿cuándo?-, solo puedo hablar como un muerto; sin miedos físicos que socaven mi mente, con moscas a mí alrededor, y gusanos escarbando mi pie izquierdo. (¿Qué escribo?) Las hojas irreales, las palabras lluviosas cayendo a un charco vacilante, atestado de pus; (el de mis órganos, el mío). ¿Ignacio? El mar lleno de algodones, dragones volando libremente entre aires de humo; y fuego. ¿El infierno? El paraíso, Ignacio; las ranitas, otra vez las ranitas.
¿Y el mantel? ¿El condenado, pérfido, irónico, mantel? Volvé Ignacito; trepá el árbol de las habichuelas mágicas color naranja, utiliza a las estrellas de apoyo; toma parte del aire negro de éste cielo. Pero, ¿qué late? El abismo bajo la lluvia ácida, extasiada de colores, repleta de hocicos de cerdos púrpuras que hablan otro idioma; ese idioma que entiende la verdad, que se escapa un poquito de las leyes que vuelan (porque vuelan, en éste cielo, vuelan).
Tampoco así. Claro, la tinta que vomita el papel, que hunde a los renglones en mares con comida de hoy, de ayer, de Mirta. Claro, Ignacio, claro. Y, la falta de letras, la noción de algo, de que esa inmensa pared de estrellas, esconde algo: Eso, ¿qué, Ignacio, qué? O el negro, la penumbra, la muerte con su traje de oficinista mirando al cielo, esperando que caiga el suelo, que las nubes escupan brazos, piernas, cabezas (calvas)… Es como un sentido, sin sentido, con sentido; con éstas palabras (con). “Ni soñar; ni un poco soñar, eh!”.
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