Mirinda, la caña. Te lo he repetido, ahora Él... Mirinda, dame la puta caña. ¿Sabes lo que siento? Una ráfaga sale de mí, se une al viento de esta puta habitación, te inunda en un charco de incertidumbre; Mirinda, tráeme la caña, por favor. ¿Cómo puedes ser?; ¿Cómo puedes ser? Siento mis órganos en otoño, cayéndose a un precipicio de hojas secas, y muertas. He perdido la compostura, Mirinda...la caña. La maldita caña. Mirinda, háblame, susurra a mi oído. Acerca tu mirada, corre por el prado de mi mente; ¿lo ves? Imágenes. ¿Quieres traerme la caña?
¿Estoy muerto? Maldita sea la caña, maldita sea esta puta vida!; y otra vez puta. Puta, Puta, Puta. Mirinda, quieres... ¿Para qué hablo? ¿Hablo?; ¿Oigo los sonidos que rajan mis labios podridos? ¿Oigo los putos sonidos? La caña, la caña, Mirinda; sólo eso, eso, y todo estará bien. Pero, ¿acaso eres...? Sacia la eternidad de una puta vez. (Puta).
Oh, si tan sólo trajeras la caña. Si tan sólo fueses un recuerdo. Mirinda, acércate; me cohíbo ante tu rostro impotente, con luces en tus párpados, y labios en penumbras. Alzas tus manos, estirando tus pálidos dedos al infinito, suplicando amor; vomitando libertad. (LA MALDITA, PUTA, CAÑA!). Escondes tu estrecha silueta, entre plumas y almohadones de pájaros libres; luego gritas a mi oído, en silencio, que estás muerta; condenada a la eternidad, al frío de los gusanos en tu cuerpo, llevándote a ser una bolsa de huesos en un ataúd, que no es el tuyo. Oh, dulce vómito.
Trae la caña... Escolta tu mirada roja, traslada tus manos de jazmín blanco, arranca tu piel morena; Puta, eso eres, eres una puta. Pérfida, monstruosa puta. Perdóname, mi voz suplica... ¿Quién he de ser para otorgarte un perdón? ¿Acaso, soy? ¿Merezco ser? Mirinda, la caña. Tú no entiendes, necesito esa caña, Él... Mírame, no encontrarás nada. "Adelante, pase usted, bienvenida, oh sí, me encuentro perfectamente: gracias, gracias". Mirinda, ponte bajo la luz, tu sombra, condenada a la mínima prolongación en estas paredes llenas de bichos muertos, pintada de sangre; maldita sea, por favor, Mirinda, ¿quieres...?.
Deja, deja todo, no seas. Regálame el último aliento, descompónete sobre mi cuerpo, púdrete de amor por... Seamos una fotografía, Mirinda, un instante muerto. Quita las manchas de mi sangre, quita su mirada de la mía. ¿Todavía no lo entiendes? Sólo te pido la caña. Observa el espejo, ¿me ves? ¿Me hallo en el juego macabro del cristal? No entres en la actuación, despoja ese rostro que no es el tuyo, devuélvele la sonrisa al payaso sentado ahí fuera fumando, pensando que tal vez, que tal vez... ¿Qué quieres de mí? Yo sólo quiero; vamos, negrita, amor, la caña. Trae la puta caña. Éstas lágrimas te pertenecen, putita: así susurraré ahora tu nombre al maldito humo. No, oh, Mirinda; son mías, son mías. Deja eso, ven, regresa al escenario de la vida; recuéstate en mi cama; todas, todas son mías, las lágrimas que forman esto que no es sudor, mías.
La ruptura de dos almas sedientas, en medio de un mar de alcohol, y tú en medio, ahogándote; y la maldita puta caña. (Aquí, este instante, ahora [de esto estoy completamente seguro]). Quiero mi caña, Mirinda. Sacaré el frío de mis manos; cometerá un exilio silencioso, sin reproches, vacío de resistencia. ¿Qué significa la Libertad, Mirinda; acaso tú lo sabés? ¿Qué siente un hombre libre?; ¿Tengo derecho de serlo, merezco que el viento acaricie mi rostro en otoño? Por favor, que concluya ésta agonía, que las cadenas dejen de rozar (ya no siento dolor) mis tobillos mugrientos, bañados de sangre: la caña. Ya es hora, ya es hora, Mirinda. Ven, ahora sí, siéntate como en un cine, contempla la película de mi vida - de la tuya -; admira las moscas en mi rostro, limpia el vómito de órganos podridos. Ahora sí, ven.
¿Estoy muerto? Maldita sea la caña, maldita sea esta puta vida!; y otra vez puta. Puta, Puta, Puta. Mirinda, quieres... ¿Para qué hablo? ¿Hablo?; ¿Oigo los sonidos que rajan mis labios podridos? ¿Oigo los putos sonidos? La caña, la caña, Mirinda; sólo eso, eso, y todo estará bien. Pero, ¿acaso eres...? Sacia la eternidad de una puta vez. (Puta).
Oh, si tan sólo trajeras la caña. Si tan sólo fueses un recuerdo. Mirinda, acércate; me cohíbo ante tu rostro impotente, con luces en tus párpados, y labios en penumbras. Alzas tus manos, estirando tus pálidos dedos al infinito, suplicando amor; vomitando libertad. (LA MALDITA, PUTA, CAÑA!). Escondes tu estrecha silueta, entre plumas y almohadones de pájaros libres; luego gritas a mi oído, en silencio, que estás muerta; condenada a la eternidad, al frío de los gusanos en tu cuerpo, llevándote a ser una bolsa de huesos en un ataúd, que no es el tuyo. Oh, dulce vómito.
Trae la caña... Escolta tu mirada roja, traslada tus manos de jazmín blanco, arranca tu piel morena; Puta, eso eres, eres una puta. Pérfida, monstruosa puta. Perdóname, mi voz suplica... ¿Quién he de ser para otorgarte un perdón? ¿Acaso, soy? ¿Merezco ser? Mirinda, la caña. Tú no entiendes, necesito esa caña, Él... Mírame, no encontrarás nada. "Adelante, pase usted, bienvenida, oh sí, me encuentro perfectamente: gracias, gracias". Mirinda, ponte bajo la luz, tu sombra, condenada a la mínima prolongación en estas paredes llenas de bichos muertos, pintada de sangre; maldita sea, por favor, Mirinda, ¿quieres...?.
Deja, deja todo, no seas. Regálame el último aliento, descompónete sobre mi cuerpo, púdrete de amor por... Seamos una fotografía, Mirinda, un instante muerto. Quita las manchas de mi sangre, quita su mirada de la mía. ¿Todavía no lo entiendes? Sólo te pido la caña. Observa el espejo, ¿me ves? ¿Me hallo en el juego macabro del cristal? No entres en la actuación, despoja ese rostro que no es el tuyo, devuélvele la sonrisa al payaso sentado ahí fuera fumando, pensando que tal vez, que tal vez... ¿Qué quieres de mí? Yo sólo quiero; vamos, negrita, amor, la caña. Trae la puta caña. Éstas lágrimas te pertenecen, putita: así susurraré ahora tu nombre al maldito humo. No, oh, Mirinda; son mías, son mías. Deja eso, ven, regresa al escenario de la vida; recuéstate en mi cama; todas, todas son mías, las lágrimas que forman esto que no es sudor, mías.
La ruptura de dos almas sedientas, en medio de un mar de alcohol, y tú en medio, ahogándote; y la maldita puta caña. (Aquí, este instante, ahora [de esto estoy completamente seguro]). Quiero mi caña, Mirinda. Sacaré el frío de mis manos; cometerá un exilio silencioso, sin reproches, vacío de resistencia. ¿Qué significa la Libertad, Mirinda; acaso tú lo sabés? ¿Qué siente un hombre libre?; ¿Tengo derecho de serlo, merezco que el viento acaricie mi rostro en otoño? Por favor, que concluya ésta agonía, que las cadenas dejen de rozar (ya no siento dolor) mis tobillos mugrientos, bañados de sangre: la caña. Ya es hora, ya es hora, Mirinda. Ven, ahora sí, siéntate como en un cine, contempla la película de mi vida - de la tuya -; admira las moscas en mi rostro, limpia el vómito de órganos podridos. Ahora sí, ven.
Holi, si, me hiciste acordar a cualquier español que hable con acento español.
ResponderEliminarFirma: el gallego.
¿porque ?,todo es tan triste!!falta luz a tu vida? todo es tan gris?
ResponderEliminarno llego el amor aún? Escribis con mucha imaginación .Me gusta tu narrativa.