Pasaba los atardeceres junto a ella, las lunas eran el cine perfecto por las noches. Risas. Ojos, risas.
- No, Leticia. Eso me agrada de ti.
- No seas así, explicame dale.
Volvimos a enredarnos entre piernas, brazos, y habíamos acordado encontrarnos en sueños. Al despertar, ella ya no estaba, a Leticia le encantaba salir a dibujar formas en el cielo con las primeras nubes, y dialogar con el viento.
Había dicho, “¿Sabes cuántos paraguas perdí en el colectivo? Y eso que ahora estoy preocupada, tengo problemas; no estoy dispersa para abandonar a un entrañable paraguas”. Luego de esa charla, regresé cavilando en los paraguas sin rumbo en el mundo, grandes y pequeñas comunidades de paraguas divagando, buscando. Al entrar aprecié el calor proveniente de la pared, en un recodo, la estufa vomitando calor.
- Bueno, pero si queres, voy para dónde te deja el viento.
- Está bien. – Su silueta se fue confundiendo con los árboles, con las luces del atardecer que tamizaban las ventanas, de una posición perfecta.
Luego, la noche, tu presencia; en el instante del orgasmo, gritó como quitando, yéndose de la realidad, desplumando su piel, transmutándose en un animal, siendo, siendo, siendo. Él la miró. La miró en eternidad. Por un instante sus voces moldearon formas en el aire, y Leticia lloraba, clavaba sus uñas en mí, sus labios, con dientes, acariciaban los míos, los invitaban a danzar junto a ellos, y Leticia lloraba. Compartíamos silencios.
Ahí estabas: Yo, en otra dimensión. Un sueño. Leticia, eso eres; ese sueño evidenció tu libertad, la separación ante mis ojos, te fuiste. Terminó. Un sueño, y terminó. Escupe el mundo, el universo -el mío-, trágame, defécame. Y, acaso no he de ser eso? Un excremento.
- Vete, Leticia.
¿Existirá, mujer alguna, que deje escribirse cuentos en las manos, para luego borrarlos con sudor, sudor de sexo? Te soñé, Leticia, una vez más, te soñé. Deja de interrumpir mis pesadillas. Tenías el pelo lacio a modo de sirena, de cuento, y los ojos como luces infinitas, que brillaban, y brillaban, en una penumbra un tanto verduzca. Luego, me abrazabas en eternidad. Qué cortesana eres. Y tu lengua, buscaba independencia, correr, anhelaba correr desnuda por los corredores amarillos de mis sueños – de los tuyos -. Escribo y te hablo. Chocolate de condena, caramelo de prisión; lengua hermosa – única -, independiente lengua. Me tomabas de las manos, y decías que amabas los días de “suavidad”, los míos; te decía que te amaba. Besos. Risas. Miradas. Te amo. (Te amo). No te despediste, estabas convencida – oh, ingenua Leticia- que me encontrarías en... ¿Cuánto he de repetir sueño?
Musito a tu oído: Sos idílica. Porque las hojas, caen, Leticia, así como lo idílico ha de caer con la cotidianidad de las cosas. Pero tú no caes, te elevas –levitas- en las nubes, siendo tu forma (dentro y fuera del pavimento). Y yo te comprendo, no en realidad, en tu esencia, no; pero, amo tu esencia, y te entiendo, dejándote ser. Siendo (eres), siendo. Cuán idílica eres, oh cuán... Las nubes se deforman, caen a modo de llantos de amor, caen (cayéndote; caen): Déjate, déjate Leticia. Perfecta imperfección. Atrapado entre trenes del tiempo, te busco.
Qué bello ese momento, cabalgando –siendo uno-, sintiendo libertad momentánea; viviendo un instante en su eternidad. (Esas noches de un sueño sin alas, de cielo sin colores). Los mares –no de tinta ya-, y vos riéndote de mí, hermosa carcajada, observándome como una estatua con esencia mágica, despertando noche a noche con el brillo de las -ahora contables- estrellas; esperando ese sueño sin alas, ese cielo sin colores. Y la balsa, nuestra balsa, que partía con rumbo incierto a nadar – porque nadaba, Leticia, ya no sabía navegar- en los mares, en el tiempo, en el aire… El largo día seguía y ya no estabas. No tenía por qué extrañarme, siempre, en algún momento del día, tendías a hallarte en libertad, sola, utópica. Y yo escribiendo, pensando en el mundo, olvidándome un poco de ti; recordando sacrificios, rutinarias batallas, y mis miedos: Esas pesadillas que tanto odias, odiabas, que te narre por las noches, que tú sabes llamar con nombres de pájaros.
El sudor de dos manos juntas, que no podían estarlo; el sorbo de un suspiro, y tus ojos de cristal. De momento, no hice más que hallar lapiceras fugaces, casi tan fugaces como tus visitas en navíos subterráneos de dolor. Te ruego, te suplico, Leticia, no regreses. No vueles de tu tumba; desde que has muerto, no haces más que susurrarme al oído: “Somos fugaces, amor, lo somos”.
- Vete, Leticia, sé eterna.
- …
ESPACIO IMAGINATIVO
VOLAR, SIEMPRE ES BUENO
miércoles, 7 de julio de 2010
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Juraría que hay algo de inocencia y mágia en el texto, tal vez inspirado en un gran autor.
ResponderEliminarOso.
mucha verdad.
ResponderEliminar(Lucas)
a quien va dirigido?
ResponderEliminarMe gusta ,tu imaginación vuela alto
ResponderEliminary lejos, muy lejos
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