Sólo unas palabras, sólo un: “Me iré”. En el momento del hecho sus párpados enardecían a cada segundo; sus manos expresándose con lluvias amargas, jadeaba. Su mundo se hacía realidad. Sumergido en mares de alcohol: una vida real; una casa real; una familia real; un auto real; un. Se entregó a no cavilar, a no futuro. A un instante, “no prolongado” – pensó entreviendo ejércitos de colillas de cigarrillo y botellas que hablaban. Había recordado el trabajo, o creyó hacerlo por momentos, provocando en su esquelético rostro una expresión de intranquilidad, (y el humano y el hombre). Recordó ser ficticio, ser más verdad, menos real. “Tiene razón, ¿qué inspiración puede tener uno entre rejas inverosímiles, rompecabezas de nubes y pedazos de cielo?”. Se había ido, volando tal vez, juntándose con las nubes, formándose; él siempre había pensado que tendría ese destino. Tal vez ese brillo pertenecía a las estrellas. Pero, ¿para qué pensar en ella? Dejó de pensar. La imagen de su cuerpo seco en la habitación era un perfecto cuadro con marcos negros. Cerró el libro y se entregó a la verde penumbra.
(Es el alcohol quien escribe, quien te escribe). Terminaba el capítulo y tomaba el lápiz enérgico, sin ganas, cansado. Escribía sin saber por qué, pensando en madera húmeda, en charcos en días de sol. Todo concluía atisbando la botella vacía; dudando si había sido agua o vino. Volvía a dejar el lápiz, ya sin un lugar fijo en la habitación - si es que era una habitación- y veía, y soñaba. Se rehusaba a leer lo escrito. Palabras irreales en el aire, cayendo al cuaderno, colándose entre mundos inexistentes. 108. 108. 108. El capítulo. La novela que le hablaba, coma, coma, coma. Pensó: “un cigarrillo interminable. Un tabaco eterno, un humo condenado. Sangre enriquecida con muerte. Pueblos pintados de tristeza en marcos de oro. Todo poéticamente empobrecido, anhelando libertad. (Hollywood). Risas irónicas, oraciones sin sentido; un reloj bajo el océano de tinta pasando el tiempo, esperando”.
Trepó los árboles hasta llegar a las nubes y el cielo gris con pájaros muertos. Frutillas en manteles de esclavitud, atado a luces (amarillas y negras); trepando. Un sistema de tabaco, una prisión perfecta. Y estar solo, desear desvanecer. Hasta la Luna le hablaba sin ahínco. La noche maquillada por el tiempo. Un tiempo real, real en su infinitud. Se dijo para sí, que si el pasto pudiese crecer libremente – hablara – contaría su historia, una verdad, verdad de pueblos. Tantas ganas de filosofar tenía que dialogaba con él mismo. Y el piso se elevaba, baldosas temerosas volaban entre humo – ¿aire? -. “¿Qué certeza tengo de ser yo el que escribe estas líneas? Encerrar palabras en armarios de esperanza (s) altos a modo de edificios: cemento, cemento. “– Pensó abstraído, con los ojos cerrados en bosques infinitos, cuantiosos de árboles.
Retomaba la novela, ya sin ganas, con la calidez otorgada por el whisky. Había sido una noche de embriaguez, ahora despertaba entre sueños, preguntándose cuál era el límite de lo real; cual era el sueño. Tomó el abrigo y salió fuera. No hacía frio. Al ver el pavimento pudo observar manchas dé. No distinguía los rostros de las personas con los árboles, con la magnificencia de la libertad limitada por…
ESPACIO IMAGINATIVO
VOLAR, SIEMPRE ES BUENO
jueves, 10 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nombre:
Gracias por dejar tu comentario.