Expresó su necesidad por salir – librarse – del recipiente (termo). Al principio, no dejó que lo contemple con mis humanos ojos. Pequeño era, está claro. Al cabo de un cuarto de hora de su repentina salida (mi atención se atinaba a las agujas del reloj y a Él, por supuesto), logré observar movimiento en las avejentadas maderas del suelo; lo cubrían pequeñas verdosas vellosidades. Poseía unos gigantescos e inexpresivos ojos, pequeñísimos dedos y... (no te gozaba de manos). Era un ser extraordinario.
Rápidamente se comunicó conmigo:
- Casi me ahogo, hombres, tan presuntuosos.
- No tuve la culpa, sos un ser ínfimo – Alegue fascinado.
- Excusas ¿Qué harás, escribir sobre mí?
- Tal vez, pero... – No tuve tiempo para finalizar mi respuesta.
- No, no vivo aquí. Suelo observarlos, para no cometer sus necios errores. Qué especie tan extraña. – La lívida expresión de su rostro, acaparaba toda mi atención.
- ¿Por qué lo dices? – Repliqué con furia.
- Matarla así... - Reflexionó lo que ahora me parecía una extraña y torpe criatura.
- ¿Debo preguntarte a quién? – Me referí con voz hostil y desagradable.
- A la Madre Naturaleza – Concluyó.
ESPACIO IMAGINATIVO
VOLAR, SIEMPRE ES BUENO
jueves, 15 de abril de 2010
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