Recordó la vieja receta familiar e intentando imitarla, consiguió la carne esencial para elaborar aquel condumio.
Las especias aguardaban en sus envoltorios, en la mesa central del comedor. Aquella situación aludía a momentos pasados. Súbitamente se excitó.
Observó el animal tendido en un mostrador apartado. La sangre que éste desprendía, producto de las hendiduras, recorría el mármol hasta su vértice y terminaba por colisionar en el gélido suelo. Era el momento, debía escoger su porción.
No era él, Timofei, el que se dirigía hacía esa criatura sin vida, desangrada, en busca de su pretensión; era otro sujeto: Uno hambriento y perverso.
No se hallaba en sí.
Envuelto en un placer inconcebible, contempló su despojo mutilado, con ojos inyectados en sangre.
Tomó el puñal, resplandeciente en la oscuridad de la sala. Tal cual la receta aconsejaba, se decidió por el tierno pecho. A modo de matarife habituado, trinchó con determinación implacable.
Su sonrisa aumentó al advertir como la carne se desprendía de su origen y permanecía suspendida en el aire, hincada en el filoso metal del puñal. El flujo color carmesí se dispersó en el aire.
Impaciente y anheloso tal vez, giró sobre sí mismo y se dirigió a una sartén que se abrasaba sobre un fuego naciente de una vieja, pero no inútil cocina.
Tendido sobre un deslucido mostrador, un ser humano mutilado y sin vida, presenciaba el banquete. Observaba con ojos desorbitados el fulgor que desprendía una vela lejana
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