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sábado, 6 de agosto de 2011

Tres cero tres (Borrador 1) - Martuccio Giuliano.

Despierto para volver a dormir. Mis ojos se inclinan a la claridad que desprende el ventanal abierto, teñido de gris. Enormes construcciones me acechan. El suelo alejado y marchito, escupe autos y luces.

Cuan cautivadora vista.Los portigones flamean al compás de la brisa húmeda.

Esto ya sucedió, montones de veces.

Pesadumbre, fatiga, olor a orina y alcohol.

Tiemblo sentado en la cama. Sudo

¿Cómo logro seguir vivo? Esto supera mis cabales.

La habitación intacta. Repito pérfidamente el mismo acto: Corro la manga de mi camisa y observo el reloj. Los números digitales me responden: 3:03.

La cama aguarda e intuye, observa. Acabo de despertarme; en ella soñé. Volví a soñar que moría. (¿Soñé?) ya no recuerdo.

Las paredes eran blancas, ya no. La humedad se apodera de ella, la enmudece aún más, la salpica de tintes oscuros.Adoro la humedad, cual imparable arte de la naturaleza.

Me levanto y titubeo; la puerta al pasillo aún está cerrada. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Lloro.

Por momentos huelo el trigo de un campo, árboles ocultos entre hojas de verano. La incandescencia del sol entibia mis hombros. Amo, río, contemplo una sonrisa, admiro la elegancia de lo ínfimo, respiro, duermo.

Aún sigo sobre la cama.

En el baño de aquel cuarto lleno de silencio, un solo espejo. El reflejo no me otorga más que un desconocido con ojos atestados en sangre y lágrimas.

Mente perversa, hasta donde he llegado. ¿Es esto real? Ya no importa. Me acerco a la mesa una vez más, el reloj ha de marcar las 6:07. En ese instante tomo dos píldoras blancas y las introduzco en mi boca. El Haloperidol era la respuesta química a los agobios constantes que arremetían mi conciencia. Pequeña droga.
El otoñó sugiere el inicio de una nefasta transición. Ya no creo que sea así.
Tomo un sorbo de una botella que baila por la mitad. El alcohol empuja el fármaco más allá de mi tráquea, acto seguido, trago saliva.

7:08. Pronto volvería a morir.

Me siento en la silla y lo espero. Es la muerte. Ella soy yo.

Y allí se encuentra parada, frente a mí:

-Hay varias cosas que están mal-

-¿Quién sos?-

-yo soy vos.

Mi psicosis se manifiesta como una respuesta al sufrimiento de mi cuerpo. Mi inconsciente desea salvarse. Mi razón se ve simplificada a la mínima pulsión: La muerte como liberación.

¿Morir para qué?

Me acerco al ventanal, amplio entre contornos grisáceos y me observo. Aquel hombre que me habla (el que es yo), ahora se sienta sobre la cama. Señala el horizonte, que agoniza más allá de la ventana. Sonríe.

Me balanceo y dejo caer mi cuerpo en silencio. 8:12 anuncia el reloj, tal la última vez.

Mi cuerpo golpea el pavimento, puedo sentir el destello. Una señora grita. Mis ojos se apagan.

Es difícil confiar en la realidad. Mis manos me han engañado varías veces, asimismo mis pensamientos.

El invierno sacude mis pies desnudos.

Hay cosas que no tenemos que entender.

Lo complejo se simplifica.

Somos seres interesantes, cual imparable arte de la naturaleza.

Duermo para despertar. La cama se ha adecuado a la sinuosidad de mi cuerpo. La humedad aún consume el blanco de las paredes. Sobre la mesa, una pequeña caja de medicamentos y una botella que danza por la mitad. La luz del baño, prendida. Una persona me observaba desde el umbral y sonríe. Soy yo.

Mis ojos notan las lágrimas. Mi cuerpo tiembla, impotente.

Todo comienza.

Me arremango para observar el reloj. 3:03.

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