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martes, 12 de julio de 2011

Club Cementerio I - Spala Tomás I.

Se trataba de un club, uno de esos que están en todos los barrios, de los que se conocen entre todos: Club Fúnebre para Difuntos y Difuntas, o El Club Cementerio, para los más allegados. Era costumbre reunirse por aquel sitio, donde la música sonaba perfectamente apagada, los colores vivos no abundaban; el extremo martirio y el hermético calvario brotaban de las paredes, la oscuridad variaba, todo variaba en aquel club, según el día, según el humor, según el ambiente que se denotaba, todo variaba, y eso era, desde mi punto de vista, lo que hacia singular al Club Cementerio.
Orgías, bacanales, alharacas, bataholas, pandemóniums, jaleos, ¡Desenfreno de muerte! ¡Inmoralidad pura! Y todo en aquel meollo agonizante, núcleo de ruinas occisas, que escurren muerte. Eso es lo gracioso, ¿no? La mera condición del polvo.
Al Club Cementerio asistía a diario. Naturalmente, no todos los días tomaban parte aquellas celebraciones plenas, por lo que la otra parte del tiempo, bebidas y comidas eran servidas y disfrutadas por los invitados, entre los cuales se generaba cierta atmosfera donde culminaba el júbilo optimista. Calumnia seria si dijese que el lamento invadía la zona, porque sabido es que luego de la muerte, transición que los asusta, humanos ineptos, es cuando comienza la verdadera vida, más esto parezca una ironía. ¿Acaso me llaman embustero? ¿A mi? Callen ustedes, mortales, y continúen con su mísera existencia; que disgusto provocan sus actos. Egoístas.
En ocasiones, se oían llantos y griteríos; peleas violentas, y objetos que volaban por los aires: muebles, discos, innumerables platos de porcelana, sillas, lámparas y copas. Abundaban los escándalos. Ante la incapacidad de sentir dolor, naturalmente, la agresión emergía de manera incesante, arrasando constantemente la edificación del club. Regularmente, los habitúes disfrutábamos de los espectáculos que variadas personas dignaban a exponer con cierta gracia, y reconozco que era cómico observar como, con frecuencia, algún elemento que durante la pelea se desviaba de su correcto destino, iba a dar con la cabeza del encargado del lugar. Copiosas eran las ganas de vivir…

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