Escribía para ella. Al caminar, su imagen emergía a manera de una escena violenta. Pérfida, bella. Sentado frente a su máquina de escribir, era solo utopía. Ideas temerosas desfilaban frente a él, susurrando… Nunca lo consideró – matarla-. Otras posaban como gárgolas con vida. Aquellas no musitaban, solo que eran inverosímiles; se alteraban: metamorfosis. Adiós desfile! Poco a poco la imagen emergía, como de los cielos, reposándose a modo de un pájaro – libre- bebiendo agua en una cisterna, sólo, lejano. Allí comenzaba todo, surgía la magia. Sus dedos tomaban velocidad, la mente se unía. Escribir. Escribir – la escribía -. Decidió dar comienzo a su relato describiendo su silueta. Tienes labios – redactaba entre nervios - , me embobezco pensando en ti; pies de cenicienta, cabellos de algodón. Tu silueta se concibe tal como el atardecer – único -, cielos infinitos: tus ojos. Mujer poética. Idea de revolución. Su voz significaba droga para él; ceguera ante el mundo. Lograba escapar del papel de hormiga por, al menos, un instante. Éxtasis de colores, criaturas…
No sé escribir María, no sé escribirte. No logro atrapar palabras que flotan sobre el aire - ¿qué tan libre es el aire? -. Salgo a caminar, salgo a correr, a volar, a… ¿Qué fue lo que dijiste cuando di contigo? ¿O, fue una mirada?
¿María?
Su última novela había sido un fracaso, cómo todos sus trabajos. Trataba sobre un crimen en las afueras del Buenos Aires de 1950, nada excepcional, nada pintoresco. Pero su afán por escribir no cesaba con las críticas – bien redactadas por cierto -. Anhelaba el saber; amaba la filosofía, poseía locura por la literatura, pero ella; ella lo quitaba de su sendero por segundos, minutos, horas.
Nunca escribí sobre el amor, no sé qué es el amor. No creo en el amor. ¿Amor? Amor! Violeta, deja de jugar ese juego macabro: interrumpir mis pesadillas, transformarlas en sueños (qué sueños); adquieren cielos, estrellas, lunas infinitas. Recuerdo las mencionadas pesadillas: penumbra perpetua, entes divagando – dialogando entre sí -, yo Violeta, yo jugando el papel de espectador –nunca interactuaba-… Sin embargo, lograste sucumbir dicho mundo (fantasía). ¿Debo agradecerte? Te odio.
¿Violeta?
Un cuarto, él solía llamarlo: “Unicidad del límite” – su nombre se debía a un teorema matemático; también la estimaba-, allí comenzaba la ceremonia, escribir. Siempre adoró las luces, pintar con luz; su magnificencia, su poesía singular, sus sombras danzantes, su magia. Fotógrafo.
Anhelo retratarte Delfina, provocar un desnudo…Ensucio el lente con mis dedos, que tiemblan de temor al contemplar tu rostro escultural. La fotografía que quiero captar, me marea. Qué cortesana eres, provocas sentimientos análogos, Delfina. Puta. Te desnudas ante el mundo, te muestras tal cual eres. Pérfida, cerda.
¿Delfina?
Un mes, eso dijeron. Sus hojas se hallaban en un perfecto y armonioso blanco. Debía escribir. Tengo que escribirte; platico con las estrellas – con universos también – acerca de ti; supieron decirme que no existes. Tú, Pura Libertad, no existes: en este mundo, no existes; utópica Libertad. Dejó caer el vaso repleto de whisky, observó su vieja máquina de escribir; las hojas en blanco. Atisbó cierta inmovilidad por parte de su corazón. Creo que murió en ese instante, junto con las estrellas.
ESPACIO IMAGINATIVO
VOLAR, SIEMPRE ES BUENO
viernes, 28 de mayo de 2010
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Porque tan oscuros pensamientos?Eres joven,bello y el mundo está lleno de luz y se abré en un abanico de posibilidades
ResponderEliminarpara una mente tan lúcida como la tuya.