-No existe la realidad. Nada de esto es verdadero.- Confesaron sus labios carmesí. Sus frágiles y breves palabras manifestaban desazón
-No comprendo- Declaró el hombre en tono de réplica. Retozaba su silueta en la arcaica mecedora. Su mano enjuta dejaba danzar una taza de porcelana blanca, esbozada con frágiles siluetas de colores.
María posó su mirada sobre la de Gabriel, su invitado.
-Formamos parte de…una invención.
Sus ojos, húmedos, contemplaron el ocaso en el horizonte, asomándose al otro lado de un gran ventanal. Acechando el mar, advirtió un prodigioso panorama.
Su intelecto meditó sobre la irrealidad del paisaje, al igual que todo lo que la rodeaba. Procuraba comprender, nada de eso era verdad.
Dirigió la taza hacia su boca y bebió un sorbo. Era de esperarse, el té no sabía a nada.
Mis ojos, fatigados, me impidieron continuar con la lectura. Tomé un trozo de papel y lo apoyé sobre la página veinticuatro. Cerré el libro. Quizá reanudase la lectura al día siguiente.
En mis sueños imaginé a María: Sus rizos bermejos, su sonrisa reluciente, semejantes al descrito en la novela que solía leer antes de dormir. Luego, la besé.
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