Aconteció durante mis sueños, la noche de un día que no logro recordar.
Me encontraba parado y desvestido en aquel perenne firmamento, oscuro y tenebroso. El cielo del crepúsculo no revelaba ninguna estrella. Contemplando el horizonte, no se observaba más que la mismísima ausencia del alba.
El piso emanaba una bruma que llegaba a mis rodillas. Al intentar moverme, mi cuerpo no respondía.
Gotas de sudor caían por mi frente, y al verlo, mi piel se erizó.
La silueta de un individuo se acercaba a mí, lentamente, con cruel omnipotencia.
El ser se aproximó lo suficiente para ser descrito: Era la negrura misma. Una niebla que contorneaba la silueta de un individuo. Sus pies se entreveraban con la calígine que nacía del suelo, haciendo difícil distinguir donde terminaban sus extremidades y comenzaba la superficie de la tierra.
Dejó de caminar y se paró fielmente delante de mí. El olor a azufre invadió mi nariz; nunca antes había podido percibir y descifrar tal esencia durante un sueño.
Mi cuerpo, inmóvil. Podía sentir su respiración frenética, como una fiera a punto de embestir.
En ningún momento articuló una palabra. Aguardaba mi petición. Yo sabía lo que debía hacer. No había retorno alguno.
-Deseo aprender a escribir.- No vacilé al decirlo.
Era el anhelo de mi juventud: la creación de relatos.
De pequeño, una fascinación incondicional ensamblaba mi pasión por la literatura, que convergía en aquellas encuadernaciones arcaicas, colmada de ajadas hojas impresas.
Ansiaba conocer la magia de la escritura, desigual a todas las artes. Su esencia profética, capaz de transmitir ensueños, deseos a través de la poesía. Advertía, discerniendo de las no poco importantes artes ajenas, que la cuna de los hombres la mecen los cuentos.
El ser no respondió. Alzó su mano y tomó la mía. El frío de su extremidad infestó mi cuerpo de un siniestro resplandor invisible que se expandió rápidamente por mi organismo.
La criatura comenzó a desvanecerse entre la niebla. Al mismo tiempo, el cielo se desmoronó junto al inconcebible firmamento que me rodeaba.
Desperté en mi cama, sudando. El cuarto se encontraba a oscuras.
Mi mano sufría un fuerte dolor. El aroma a azufre invadía el dormitorio.
Mi vida cambió a partir de aquella experiencia. Dudo de la inverosimilitud del sueño. En algunas ocasiones, cuando inconcebiblemente el deseo de escribir asoma implacable en mi alma, siento que algo se apodera de mi cuerpo. Logré comprender que cada vez que tomo la pluma, no soy yo el que escribe.
Siento esa criatura dentro de mí.
giuliano, impresionan para bien, tus descripciones de espacios, son como de cine, parece que uno esta ahi y q no puede salirse, me encanta q estes publicando tus escritos, un placer de verdad, leerte, felicitaciones y q esto sea solo el principio, el primer paso!
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